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El “virus” de la solidaridad se extiende en la Comarca de Alhama

23 marzo, 2020
La pandemia saca a relucir las ventajas de vivir en un pueblo pequeño.

La pandemia del coronavirus ha sacado a relucir las ventajas de vivir en un pequeño pueblo, donde las relaciones entre vecinos son muy estrechas y la generosidad es aún mayor que en la ciudad.

La solidaridad en los pequeños pueblos del medio rural va más allá del aplauso diario a los sanitarios que luchan por detener la pandemia del coronavirus.

En estos días de confinamiento, la generosidad ha aflorado en los corazones de sus habitantes en forma de mascarilla, batas, maquinaria para desinfección y, sobre todo, ayuda y cariño para frenar otro virus igual de peligroso que el coronavirus, la soledad.

En estos pequeños pueblos, entre ellos, en el Poniente Granadino y en la Comarca de Alhama se ha organizado una red de apoyo para cuidar de las personas en riesgo, dependientes, mayores y personas vulnerables que deben extremar las medidas para prevenir este virus.

Vivir en un pequeño pueblo no es fácil por la falta de servicios con respecto a la ciudad. En circunstancias normales el “‘aislamiento” puede ser un incordio, pero en plena pandemia salen a relucir ciertas ventajas del medio rural, entre ellas, pertenecer a una pequeña comunidad implica cercanía y, sobre todo, solidaridad.

La presidenta de Cruz Roja en Loja y el Poniente Granadino, María Salomé Rodríguez, está sorprendida por la ola de colaboración.

La ONG continúa su actividad apoyando a los más desprotegidos, a pesar de la obligada distancia que marcan las circunstancias, “acompañamos a nuestros mayores por teléfono para darles ánimos, comprobar si necesitan algo y, sobre todo, llenar de compañía tantas horas en casa”, relata a Efe.

Las máquinas de coser no descansan estos días en ningún pueblo del Poniente Granadino y menos en Loja, conocida por la pujanza de su industria textil: Mujeres y hombres se afanan en coser mascarillas para repartir en las residencias de ancianos, farmacias y comercios.

Mari Luz Aguilera, vecina de La Fábrica (Loja), cose cada día decenas de mascarillas que deposita cuidadosamente en la puerta de su casa: “Seguro que hay gente que las necesita y de esta pandemia salimos si nos ayudamos todos y somos responsables”, opina.

A unos 30 kilómetros de la casa de Mari Luz está Jorge Ramos en Íllora, donde dispone de una impresora 3D con la que ha comenzado a fabricar mascarillas para el personal sanitario.

A mitad de camino entre la puerta de Mari Luz y la casa de Jorge está el balcón de Mayka Gómez, en Huétor Tájar: Mayka es trabajadora municipal y cada día sorprende a pequeños y mayores con marionetas, guiñoles y mucho cariño que son algunas de las piezas en este repertorio de altruismo y creatividad.

Más al sur, en dirección a la comarca de Alhama, la alcaldesa de Fornes, Ana Belén Fernández, carga su coche de mascarillas para iniciar el reparto en una tarde poco apacible y con un cielo plomizo que, de vez en cuando, suelta un chaparrón: “Hemos consultado con los sanitarios para que sean efectivas y reduzcan el riesgo de contagio”, comenta entregada en la tarea.

Fernández organiza la generosidad de los vecinos de Fornes vía online, a través de diferentes grupos de WhatsApp los vecinos se coordinan para atender a todo el que pueda necesitar ayuda.

En Algarinejo, Montefrío, Salar, Alhama y otras tantas localidades los tractores han vuelto a salir a las calles, y no precisamente para reivindicar unos precios más justos para sus productos, sino para desinfectar las calles y espacios públicos.

El alcalde de El Turro, Juan Miguel Garrido, ha decidido aislarse de su familia y pasa las 24 horas en la casa consistorial de este núcleo de poco más de 200 vecinos.

Desde allí, con la ayuda de un trabajador municipal, reparte comida a quienes lo necesitan, lleva medicinas a los mayores y atiende a unos y otros: “Somos pocos y con escasos recursos, por eso tenemos que echarnos una mano y en especial a nuestros mayores”.

Con todo, los vecinos del medio rural reconocen que el confinamiento es más llevadero que vivir en la ciudad porque tienen mejores vistas, pueden salir ‘a la calle’ sin peligro sabiendo que no te vas a cruzar con nadie, además de contar con una variada despensa con productos de temporada con aquellos que menos tienen.

Fuentes: La Razón y Facebook